Por: Jonathan Baró Gutiérrez
Procurador general de Corte de Apelación
En la historia del Ministerio Público se entrelazan las vidas de cientos de hombres y mujeres que entregaron sus mejores años al servicio de la justicia. Fiscales que soportaron noches de desvelo, jornadas interminables y riesgos personales en defensa de la legalidad. Sin embargo, cuando llega el ocaso de sus carreras, la realidad que enfrentan dista mucho de la dignidad que merecen.
Algunos suelen justificar que el Estado carece de recursos. Pero los números desmienten esa excusa. Según datos de la Dirección General de Jubilaciones y Pensiones a cargo del Estado, en respuesta a la solicitud SAIP-SIP-000-119587 del 6 de agosto de 2025, entre 2020 y 2024 se otorgaron 2,610 pensiones con montos superiores a 80,000 pesos. Es evidente, por tanto, que la posibilidad de actuar siempre ha estado ahí.

Cuadro elaborado por Enrique Roa
En ese mismo período, las pensiones concedidas a miembros de la Procuraduría General de la República, apenas sumaron 9, lo que equivale a un 0,34 % del total. El contraste resulta doloroso: mientras se reconocen miles de beneficios en otros sectores, nuestros fiscales mayores continúan en la espera. Hoy, 16 de ellos ya sobrepasan los 75 años de edad, y algunos más pronto se unirán a esa lista.
Siento admiración y un profundo respeto al ver cómo nuestros fiscales mayores conservan la entereza de seguir laborando, aun en medio de las limitaciones propias de la edad. Recuerdo, con gratitud, a la apreciada y admirada Gisela Cueto, redactando instancias frente a su computadora cuando fungía como encargada de Cooperación Internacional y, más tarde, liderando con firmeza la persecución de los delitos electorales hasta hace apenas tres años.
Ver a Ana Burgos, con más de 47 años ininterrumpidos en el Ministerio Público; a Casilda Báez, con más de 35 años de entrega incansable y vocación ejemplar; y a Ramona Nova, con más de 33 años de servicio y hoy al frente de la persecución del lavado de dinero, conmueve y llena de orgullo. Sus trayectorias no son solo cifras de años, son vidas enteras dedicadas a la justicia, una lección silenciosa de dignidad y sacrificio para las nuevas generaciones.
Como ellas, muchos otros han entregado su juventud y sus fuerzas a portar de manera digna la toga de fiscal. Me duele admitir que muchos de ellos siguen esperando una justicia que defendieron toda su vida.
Es justo reconocer que durante la gestión de la ex procuradora Miriam Germán Brito se dieron los primeros pasos. Bajo su dirección se enviaron listados al Poder Ejecutivo solicitando pensiones con el 100 % del salario y el mantenimiento del seguro médico. Aunque no hubo respuesta positiva, fue la primera vez que el tema entró de lleno en la agenda del Consejo Superior del Ministerio Público.
Antes de esa etapa, lo cierto es que ninguno de los procuradores generales asumió esta tarea como prioridad. Faltó voluntad política e institucional para abrir el camino hacia un Fondo de Pensiones y Jubilaciones digno para los fiscales.
En su discurso de toma de posesión, la actual procuradora general, Yeni Berenice Reynoso, se comprometió a «dejar instalado el Fondo de Pensiones». Confiamos en que ese compromiso se concrete. Es probable que el inicio no sea perfecto, pero lo esencial es dar el primer paso. Con el tiempo habrá que ajustar y mejorar, pero lo importante es comenzar. Debemos apoyar al equipo técnico que está trabajando y, por supuesto, a nuestro Consejo Superior del Ministerio Público.
Este no es un tema de bandos ni de intereses particulares. Aquí lo que se pone en juego es la dignidad de toda una carrera. Los recursos existen: lo que ha faltado es la decisión política de destinarlos a quienes entregaron su vida al Ministerio Público.
Cicerón decía que «la gratitud no es solo la más grande de las virtudes, sino la madre de todas las demás». Esa enseñanza, vigente a pesar de los siglos, debe guiarnos hoy. Nuestros fiscales mayores han servido a la justicia con valentía y sacrificio, muchas veces en silencio, renunciando a comodidades y hasta a la cercanía de sus familias. Reconocerlos con una pensión digna no es un acto de caridad, sino la expresión más alta de gratitud y justicia institucional.
Como el viejo pescador de Hemingway en El viejo y el mar, que nos recuerda que la grandeza está en resistir pese al cansancio y las derrotas, nuestros fiscales veteranos nos enseñan que la justicia no envejece. Su ejemplo nos inspira, pero no debemos condenarlos a remar solos en la vejez.
Exhorto a las nuevas generaciones de fiscales a que, cuando tengan la dicha de cruzarse con nuestros fiscales mayores, los saluden con respeto y gratitud. Que no olviden que ellos también fueron jóvenes que lucharon con la misma pasión y entrega. Ese gesto sencillo, pero lleno de significado, encierra una verdad profunda: la justicia que mañana defenderemos se sostiene en el sacrificio de quienes la hicieron posible ayer.
Honrar a nuestros fiscales mayores es asegurar la justicia del mañana.




